Me despierto a las seis y veinte de la madrugada con un asqueroso dolor de ovarios. Doy vueltas en la cama, pero me es imposible concentrarme en algo que no sea esa sensación de estar reteniendo un tsunami entre las piernas. Sin encender la luz, y sin ponerme las gafas, busco a tientas la tira de pastillas en el cajón; saco una y me la meto en la boca. Doy un buche a la botella de agua y me tumbo queriendo confiar en los farmaceúticos y las drogas. Pero me siento muy mal para conseguir dormirme. Me levanto y voy al baño. Vuelvo al cuarto y me siento en la cama. Me sujeto la barriga, impotente, y controlo las ganas de echarme a llorar. Pienso en la bolsa de agua caliente, y sólo recordar su existencia me hace sentir mejor. Está por el salón, en algún sitio, en alguna bolsa, entre todas mis cosas, y me levanto a buscarla.

Enciendo la luz del salón y me escuecen los ojos. Miro en las bolsas que hay debajo del escritorio; no está. Miro en la estantería; tampoco está. Abro un mueble sabiendo que no estará dentro, y cuando confirmo mi sospecha me dan ganas de tirarme al suelo y patalear. Aún así, intento ordenar mi memoria visual, y vuelvo a mirar en las bolsas del principio... esta vez con más calma... y sí, allí está mi ansiada bolsa de agua. La cojo como si fuera el placebo más efectivo del mundo y me la llevo a la cocina. La lleno de agua ardiente y vuelvo a la cama con ella.

Me tumbo mirando al techo, con la bolsa sobre el vientre, y procuro relajarme. Pero no puedo, los retortijones son terribles. La barriga me pesa demasiado, y los riñones me arden. La sensación es asquerosa, y sobrellevarla inmóvil la hace aún más insoportable. Así que me levanto y me hago un Nescafé. Vuelvo al cuarto con el vaso y enciendo el ordenador. Me acomodo en la cama.

"Mimitos y pastelitos", recita mi subconsciente de vez en cuando, y pienso en Ella. Eso me calma. Pienso en Ella dándome mimitos, en lo bien que me sentarían... Pienso en Ella metida en mi cama, y en mí abrazada a Su cuerpo. Pienso en Sus manos acariciándome el pelo y la espalda. Y me dan ganas de cometer una locura.